El vuelo rasante de Sabina

Habían pasado ya los tiempos de los tiros con pelotas de goma, de los gases lacrimógenos y de algunas balas por la espalda con que fue recibida en este país la libertad. Los políticos llevaban en andas a la Santa Transición como a una Virgen con la media estocada en el pecho que le había dado Tejero y que no bastó. A Joaquín Sabina se le veía pasar ahora en vuelo rasante sobre las copas y las botellas de los bares derribándolas todas con su viento. ¿Dónde diría usted que aterrizaba el cantante? Como el halcón que se posa con la presa en el pico, así llegaba Sabina a cualquier antro que estuviera abierto a las cinco de la madrugada y allí, regando el medio limón del urinario, se hacía dos preguntas metafísicas: “¿Habré comido hoy?, ¿cuánto hace que no duermo? No lo recuerdo, pero juraría que estoy vivo”. Y a continuación se subía la cremallera con un golpe rudo hacia el ombligo como Vittorio Gassman en Il Sorpasso, salía del lavabo, se acercaba a la barra donde había varios cadáveres sentados en los taburetes con la copa vacía en la mano y les gritaba: colegas, hay que seguir, esta ronda la pago yo.
-Cuídate -le decía al oído su ángel de la guarda.
-Vete a tomar por saco -blasfemaba el cantante.
-Manuel Vicent.
El País
-Cuídate amigo Onasis - Un abrazo
Sabiniano